Hay una frase que escucho casi todas las semanas en el correo, y siempre con el mismo gesto: «yo no ronco». Tres de cada cuatro personas que me lo dicen tienen razones para dudarlo. Esta vez no la voy a empezar por el consejo, sino por un estudio islandés de 415 personas que midió el sueño en el laboratorio y luego preguntó a los participantes cómo les iba.
Lo que encontró el estudio de Islandia
El equipo del Hospital Nacional de Islandia pasó a cuatrocientas quince personas de cuarenta a sesenta y cinco años por un estudio de sueño tipo tres, un cuestionario y una prueba de vigilancia psicomotora. La apnea se definía como un índice de apneas e hipopneas de 15 o más eventos por hora.
El reparto fue el siguiente: el 56,9 por ciento no tenía apnea, el 24,1 por ciento tenía apnea leve, el 12,5 por ciento moderada, el 2,9 por ciento grave, y un 3,6 por ciento ya estaba diagnostificado y en tratamiento.
Y aquí viene la frase que cambia el artículo: no se encontró relación significativa entre el índice de eventos respiratorios y la somnolencia subjetiva ni los síntomas clínicos. La relación con la vigilancia objetiva medida en laboratorio solo apareció en el grupo con índice igual o superior a 30. Es decir: el daño medible aparece cuando la apnea es grave, y la persona que la tiene no es necesariamente la que más se queja.
La conclusión escrita por los autores es que aproximadamente una de cada cinco personas de mediana edad tenía apnea moderada o grave, pero la mayoría no era sintomática ni somnolienta y no tenía la vigilancia alterada.
Por qué eso importa más de lo que parece
Un estudio de prevalencia solo cuenta. Lo que hace este es desmontar el supuesto con el que se busca la apnea: que se nota. Si el cuándo se nota no coincide con cuándo la hay, entonces el síntoma deja de ser un detector fiable, y eso cambia lo que uno hace en la consulta o en la farmacia.
Hay un segundo dato en ese mismo trabajo que suele citarse en el sentido contrario, y creo que es más interesante. Quienes ya estaban en tratamiento por apnea, y quienes la aceptaron después de participar en el estudio, eran más sintomáticos y más somnolientes que otros con la misma gravedad de apnea. Es decir: el grupo que acaba pidiendo tratamiento no representa a todos los que la tienen. Quien no protesta, no entra en la muestra de referencia.
Lo que dice Wisconsin, en 1997
El trabajo de Young, Evans, Finn y Palta es de otra generación: 4.925 adultos empleados, con seguimiento de lo que el médico había diagnosticado y polisonnografía de laboratorio en un subconjunto de 1.090 personas. Su estimación: en una población sin barreras evidentes para acceder a la atención, el 93 por ciento de las mujeres y el 82 por ciento de los hombres con apnea moderada o grave no estaban diagnosticados clínicamente.
Las cifras son tan altas que conviene decir de dónde salen: no son la proporción de personas sanas que roncan, son la proporción de diagnosticados dentro de una muestra en la que el acceso al sistema no era el obstáculo. Aun así, el mensaje sigue en pie: el problema no es solo que no se detecte, es que el circuito de detección está lleno de gente que no pasa por él.
La herramienta que sí funciona: STOP-Bang
Un metaanálisis de 2015 validó el cuestionario STOP-Bang contra la referencia que importa aquí, la polisonnografía. Diecisiete estudios, 9.206 pacientes, adultos, con apnea definida por índice igual o superior a 5.
En población de clínica del sueño, la sensibilidad fue del 90 por ciento para detectar cualquier apnea, del 94 por ciento para apnea moderada o grave, y del 96 por ciento para la grave. Los valores predictivos negativos correspondientes fueron del 46, el 75 y el 90 por ciento.
La forma más útil de leerlo es la de la probabilidad, porque es la que permite decidir. En la misma población, con una puntuación de 3, la probabilidad de apnea grave es del 25 por ciento; con 4 sube al 35, con 5 al 45, con 6 al 55, y con 7 u 8 al 75. En población quirúrgica, los números son más bajos en cada escalón: 15, 25, 35, 45 y 65 por ciento.
Lo que esto significa en la práctica es bastante directo: un cuestionario de ocho preguntas no diagnostica nada, pero convierte «creo que duermo mal» en «vale, hay que comprobarlo». Su límite también está en el resumen: es una herramienta de cribado, no de diagnóstico.
Lo que no es una respuesta
El tratamiento de referencia de la apnea moderada o grave no es un suplemento: es la terapia con presión positiva durante el sueño, y eso no está en ningún catálogo de ninguna de las tiendas de esta red. Lo digo porque es fácil ganar tráfico con «soluciones naturales para respirar mejor» y porque esa frase describe otra enfermedad distinta.
Si de verdad roncas, o te despiertas con la boca seca, o alguien te ha dicho que haces pausas al respirar mientras duermes, el siguiente paso no es un producto: es un estudio del sueño. La parte que depende de ti es una sola pregunta, y es la del cuestionario.