Hay un péptido al que se le ha puesto un nombre que explica casi todo lo que se dice de él: se llama MOTS-c, y se le describe como un «mimético del ejercicio». La idea es que el entrenamiento produce una señal propia de la mitocondria, y que esa señal se puede imitar. Antes del entusiasmo, la primera tarea de este artículo es comprobar qué se ha medido realmente en personas, porque la respuesta es más estrecha de lo que sugiere el nombre.
De dónde sale la señal
Los péptidos derivados de la mitocondria son pequeños segmentos de proteína codificados por marcos de lectura abiertos dentro del propio ADN mitocondrial, no por el ADN del núcleo. Humanina y MOTS-c son los dos más citados. Ambos aparecen en muchos tejidos, especialmente en el músculo esquelético, y pueden detectarse circulando en sangre, es decir, medirse con una analítica.
La revisión de 2021 que resume el campo es explícita sobre lo que el ejercicio hace con ellos: el ejercicio agudo, en particular el aeróbico intenso, puede aumentar las concentraciones de humanina y MOTS-c en el músculo esquelético y en el plasma. Y en la misma frase, dos pasos más allá, dice que la evidencia de que el entrenamiento produce cambios crónicos en la expresión de estos péptidos es contradictoria y puede depender del tipo, la duración y la intensidad del plan, y de las características de cada participante.
Conviene detenerse en esa contradicción. Es fácil pasar de «el ejercicio sube el marcador» a «el marcador explica el ejercicio». La revisión dice exactamente que esa segunda frase no está establecida.
El estudio humano más limpio: treinta personas, tres brazos
El trabajo más riguroso que encontré mide lo que ocurre en la sangre y en el músculo después de entrenar, en treinta participantes asignados al azar a tres grupos: diez a resistencia aeróbica (45 minutos en bicicleta al setenta por ciento de su consumo estimado máximo), diez a fuerza (cuatro series al máximo de siete repeticiones, en prensa y en extensión de rodilla) y diez a control. Se tomaron biopsias musculares y muestras de sangre antes del ejercicio, a los treinta minutos y a las tres horas.
Lo que salió es más matizado de lo que se difunde. Los niveles en plasma de estos péptidos no se correlacionaron con los resultados de forma física: ni con el consumo máximo de oxígeno, ni con la fuerza de las piernas, ni con el número de copias de ADN mitocondrial. La resistencia aeróbica aguda sí elevó significativamente las concentraciones de humanina; la fuerza no. Y la MOTS-c mostró una tendencia al aumento tras la resistencia aeróbica: tendencia, no significación estadística.
Es decir, el resultado central de este estudio es negativo en la forma que importa para un lector que se pregunta «¿me hará bien?». Después de entrenar sube una señal. Esa señal no dice cómo de en forma estás. Y el péptido que da nombre al movimiento no alcanzó el umbral estadístico.
El segundo estudio, y por qué importa la letra pequeña
En supervivientes de cáncer de mama en estadio I a III se aleatorizaron a ejercicio o a atención habitual durante dieciséis semanas, con una intervención aeróbica y de fuerza. En el análisis secundario, los niveles en ayunas de MOTS-c aumentaron de forma significativa frente al inicio y frente al grupo de atención habitual entre las supervivientes no hispanas, pero no entre las hispanas. En el primer grupo, los niveles postintervención se asociaron con reducciones de masa grasa y peso, con una menor resistencia a la insulina y con una menor proteína C reactiva, y con un aumento de masa magra.
Aquí hay que mirar la letra pequeña con la misma lupa que en cualquier estudio de intervención. Los dos grupos no eran comparables de partida: las supervivientes hispanas eran más jóvenes, con mayor adiposidad, con cáncer en estadio más avanzado y con peor perfil metabólico, con diferencias de p menor que 0,001. Es decir, el grupo en el que MOTS-c respondió era el que partía de un perfil metabólico peor. Y el autor senior del trabajo declara ser consultor y accionista de CohBar Inc., una empresa que trabaja con péptidos mitocondriales. El número no está en el abstract; está al final del artículo, como casi siempre.
Lo que nadie ha hecho: dárselo a una persona
Aquí está el punto que más a menudo se pierde de vista al leer sobre este compuesto. Los tres estudios anteriores miden niveles de MOTS-c en personas. Ninguno administra MOTS-c a un ser humano y mide un resultado. El trabajo sobre metformina, con sueros emparejados de pacientes randomizados, no encontró ninguna alteración significativa en la MOTS-c circulante tras veinticuatro semanas de tratamiento, ni al comparar el subgrupo de pacientes que alcanzaron respuesta completa patológica, con o sin metformina.
Las Administraciones del compuesto como tal están en la literatura en modelos animales. La revisión de 2021 lo dice con la moderación debida: el tratamiento con MOTS-c en ratas jóvenes y ancianas mejora la capacidad de ejercicio y se acompaña de adaptaciones parecidas a las de la actividad física — pérdida de peso, mayor capacidad antioxidante, mejor sensibilidad a la insulina —, y los estudios con una variante genética que inactiva MOTS-c, o con la combinación de ejercicio más MOTS-c, sugieren que hay vías distintas y solapadas por las que ambos actúan.
Y nada de esto mide sueño. Nada de esto mide calma. MOTS-c se ha estudiado en mitocondria, metabolismo, músculo y, en un trabajo de 2025, en la barrera epitelial de las vías respiratorias dentro de un modelo de asma en ratones y en células. Para un blog de hábitos, esa es la frontera honesta.
Cómo lo resumo
Cinco frases. La señal existe: el ejercicio aeróbico agudo aumenta la humanina circulante y empuja la MOTS-c en la misma dirección, sin llegar al umbral estadístico. Esa señal no predice la forma física. La concentración cambia de forma distinta según la población, y en el único ensayo de intervención con dieciséis semanas el aumento solo apareció en un grupo, que además partía de un perfil metabólico distinto. No hay en esta literatura un ensayo en el que se administre MOTS-c a una persona y se mida un resultado en ella. Y el trabajo con ratas, que es donde están los resultados atléticos, no dice nada sobre dormir mejor.
Vale la pena distinguir entonces dos cosas que se confunden a diario. Si lo que interesa es el efecto del ejercicio en la mitocondria, la evidencia es sólida y el ejercicio sigue siendo la respuesta. Si lo que interesa es el efecto de la molécula, lo que hay que mirar es qué se ha medido después de tomarla, no antes. Esa distinción es la que una página de referencia bien hecha tiene que hacer, y por eso me ha servido leer MOTS-c y el envejecimiento: lo que encontró realmente el trabajo relacionado con la edad, que separa el ángulo del envejecimiento del metabólico y termina con una sección sobre lo que los datos no muestran. Es esa última sección la que debería mandarse a leer antes de comprar nada.