Hay una frase muy extendida sobre el sueño que dice que el cerebro consolida lo que aprendes. Es cierta y está incompleta, y las dos incompletitudes importan. La primera: el efecto de dormir después de aprender es pequeño. La segunda, la que casi nunca se cuenta: el sueño también consolida lo que no ocurrió.
Qué dice la revisión de más de un siglo
Rasch y Born repasaron en 2013 la investigación completa sobre el papel del sueño en la memoria. La teoría inicial era que el sueño protege las memorias de los estímulos que interfieren; las teorías actuales lo describen como un papel activo, en el que las memorias sufren una consolidación sistémica durante el sueño.
Los estudios antiguos se concentraban en el sueño de movimientos oculares rápidos. El trabajo más reciente ha desplazado el foco hacia el sueño de ondas lentas para la consolidación de la memoria, y ha descrito algunos de los mecanismos electrofisiológicos, neuroquímicos y genéticos que están detrás, además de los aspectos del desarrollo. La consolidación comienza con la reactivación de representaciones neuronales recién codificadas, que ocurre durante el sueño de ondas lentas, y transforma esas representaciones para integrarlas en la memoria de largo plazo. El sueño REM posterior parece estabilizar las memorias ya transformadas.
Y hay una frase al final de la revisión que me gusta más que todo lo demás, porque delimita el alcance del modelo: la redistribución activa de las representaciones de memoria desde redes que sirven de almacenamiento temporal hacia el almacenamiento de largo plazo podría sostenerse también para la memoria que no depende del hipocampo, e incluso para memorias no neuronales, es decir, inmunológicas. La consolidación durante el sueño no es un privilegio del texto que acabas de leer.
Los dos números que importan
Newbury y sus tres coautoras publicaron en 2021 dos metaanálisis de los estudios publicados entre 1970 y 2020: uno sobre la privación total o aguda de sueño antes de aprender y otro después. La privación se define como al menos una noche completa sin dormir.
Después de aprender: d de Hedges igual a 0,277, intervalo de confianza del 95 % entre 0,177 y 0,377. Antes de aprender: 0,621, intervalo de 0,473 a 0,769. Es decir, no es lo mismo que dormir poco la noche antes de una tarea: pesa casi el doble.
Dos matices que los autores imprimen y que hay que repetir. Uno: el tamaño del efecto era significativamente mayor cuando la prueba se hacía inmediatamente después de la privación que después de una noche de recuperación, lo que tiene sentido si aceptamos el modelo de consolidación. Dos: las tareas de memoria procedimental mostraban efectos significativamente mayores que las declarativas.
Y luego viene el párrafo que me hizo dejar de citar estos números sin contexto: las pruebas de Egger de asimetría del embudo sugerían un sesgo de publicación significativo en ambas metaanálisis, y la potencia estadística era muy baja en la mayoría de los estudios analizados. Los propios autores piden réplicas con registro previo y potencia adecuada. Un tamaño de efecto que se calcula sobre estudios con poca potencia y sesgo de publicación es un punto de partida, no una constante.
Lo que el sueño también guarda
El experimento de Payne y sus siete coautores es de 2009 y usa el paradigma Deese-Roediger-McDermott, en el que se presentan palabras relacionadas semánticamente con una palabra que nunca se presenta. Los recuerdos que se forman a partir de esas palabras asociadas se consideran recuerdos falsos.
Una noche de sueño aumentó tanto el recuerdo verdadero como el falso en comparación con un periodo equivalente de vigilia. Pero mientras el recuerdo verdadero se deterioraba a lo largo de ambos periodos, los recuerdos falsos se veían preferentemente preservados por el sueño, mostrando incluso una mejora no significativa. La misma selectividad a favor de los falsos sobre los verdaderos se observó en un estudio de siesta de seguimiento. Y el recuerdo verdadero se relacionó con una disminución del sueño de ondas lentas, tanto en el estudio de noche completa como en el de siesta.
Las conclusiones de los autores son contraintuitivas y las cito tal cual: bajo ciertas circunstancias el sueño puede promover los recuerdos falsos por encima de los verdaderos, y el sueño de ondas lentas puede asociarse a un perjuicio en lugar de a una facilitación de la consolidación declarativa. Añaden una coletilla que me parece la más útil de todas: esos recuerdos son menos precisos después de dormir, pero pueden ser, en el fondo, más útiles.
Qué hago con esto
Tres lecturas, y las tres me sirven.
Una: la afirmación “dormir consolida la memoria” es cierta, pero la magnitud depende de si el déficit es anterior o posterior al aprendizaje, y esa diferencia es del doble.
Dos: el tamaño del efecto de dormir después de aprender es pequeño, y las dos metaanálisis vienen con un aviso de sesgo de publicación.
Tres: y lo más incómodo — el sueño conserva con la misma soltura lo que no ocurrió, y en el caso de la palabra que nunca oíste, incluso parece favorecerlo sobre lo que sí. Ese no es un problema del sueño. Es un problema de mi questionnaire de autoevaluación.
Lo que no voy a hacer con ninguno de estos cuatro papers es convertirlos en una recomendación sobre si duermo las horas que duermo. Ninguno de los cuatro estudios midió mi sueño, ni mi trabajo, ni lo que me ocurre al día siguiente. Miden tareas, con una varianza que sus propios autores describen como sesgada.