Hay una frase que se repite siempre igual en las consultas sobre salud: la vitamina D mejora el
sueño. Es, con diferencia, el puente más citado de la suplementación y el menos medido. La
razón no es que los ensayos sean malos. Es que casi todos miden lo mismo, y lo que miden no es
el sueño.
Qué miden, exactamente, estos ensayos
El desenlace que casi todos los estudios de vitamina D y sueño tienen en común es el Índice de
Calidad de Sueño de Pittsburgh, el PSQI. Es un cuestionario de autoevaluación de diecinueve
ítems que cubre un mes entero y se resume en siete componentes: calidad subjetiva, latencia,
duración, eficiencia habitual, perturbaciones, uso de medicación para dormir y disfunción
diurna. La validación original se hizo con cincuenta y dos buenos dormidores, cincuenta y
cuatro pacientes deprimidos y sesenta y dos pacientes con trastornos del sueño, y una
puntuación global por encima de 5 separaba a los dos grupos con una sensibilidad del 89,6 por
ciento y una especificidad del 86,5 por ciento.
Conviene decirlo en voz alta: eso es una persona estimando cómo ha dormido el mes pasado. No
es una grabadora, ni una banda en la muñeca, ni un índice de eventos.
El número que circula y de dónde sale
La revisión más completa del tema es también la más fácil de citar mal. Reúne diecinueve
estudios: trece ensayos aleatorizados, una adición oportunista a un ensayo ya en marcha, cuatro
estudios pre-post y una serie de casos tratada como pre-post. El resultado que circula es una
diferencia media de −2,33 puntos en el PSQI, con un intervalo de confianza de −3,09 a −1,57,
una heterogeneidad de exactamente cero por ciento y una certeza de evidencia moderada.
Tres cosas conviven ahí sin discusión. La primera: algo más de dos puntos en un cuestionario
no es “una noche mejor”, es un desplazamiento en la escala que comparten todos los grupos. La
segunda es la frase que baja la nota, y está en el propio resumen: el efecto sobre la cantidad
de sueño y sobre los trastornos del sueño no está demostrado y necesita más investigación. Es
decir, el resultado bien establecido es sobre un constructo de autoinforme, y el que la gente
quiere contar -que se duerme mejor- es el que no se midió. La tercera: el resumen sí dice
cuántos ensayos entraron en la media —tres ensayos aleatorizados—, aunque no dice cuál de
ellos aportó cada cifra. En la revisión de 2019, que sí lo precisa, el resultado de sueño
procede de dos estudios.
Cuatro revisiones, cuatro cifras
Una revisión de 2022 filtró mil seiscientos treinta y siete títulos y dejó cinco artículos, con una
diferencia media de −1,32 puntos, un intervalo de confianza de −2,55 a −0,09 y una p de 0,04.
El intervalo toca casi el cero. Y la heterogeneidad estaba por encima del 75 por ciento, tan
alta que los autores tuvieron que pasar a un modelo aleatorio.
Una tercera revisión, de 2019, saca su resultado de sueño de dos estudios y da −1,78 puntos
(−2,28 a −1,28) en pacientes psiquiátricos. Una cuarta, de 2020, da una diferencia
estandarizada de −0,45 (−0,76 a −0,13) y sus propios autores terminan escribiendo que hacen
falta más datos para confirmar la eficacia.
Cuatro revisiones, cuatro cifras, dos de ellas con el intervalo pegado al cero. Cuando eso
pasa, la pregunta correcta no es cuál es la buena, sino qué tienen en común los estudios que se
combinan.
El único trabajo con sueño medido de verdad
Existe, y es importante, aunque no sea un ensayo. En el estudio multiétnico sobre
ateroesclerosis se midieron mil setecientos veintiún adultos a la vez con polisomnografía,
actigrafía y cuestionarios. La edad media era de 68,2 años y el 25(OH)D medio de 25,4
nanogramos por mililitro.
Las diferencias son pequeñas, y lo dice el propio trabajo. Las personas con deficiencia dormían
de media 13,0 minutos menos que las suficientes (intervalo de −22,8 a −3,2). Entre los
afroamericanos la diferencia era de 25,6 minutos, y entre los chinos estadounidenses el índice
de eventos respiratorios era 7,5 por hora más alto. El veredicto de los autores dice
“modest associations”, y además la relación cambiaba según el origen étnico.
Y hay un dato estructural que decide el debate: es un estudio transversal. Nadie recibió vitamina
D dentro del estudio. Puede describir quién duerme peor; no puede decir que subir el nivel
cambie el sueño.
Por qué el resultado da igual en distintos niveles de partida
Esta es la pregunta que más desconcierta, porque si el nivel inicial importara, las cifras
deberían separarse por subgrupo. No lo hacen. Hay una razón posible, y hay un ensayo que la
enseña.
En el ensayo de 2016 con mujeres posmenopáusicas con sobrepeso, todas con 25(OH)D entre 10 y 32
nanogramos por mililitro, la comparación global entre vitamina D y placebo no dio diferencia
significativa. Pero dentro del ensayo apareció otra cosa: cuanto más subió el 25(OH)D, peor
fue el sueño según el cuestionario. Las mujeres que volvieron al rango de repleción
empeoraron su puntuación un 6,2 por ciento, y las que se quedaron por debajo mejoraron un 5,7
por ciento. En dirección contraria a la hipótesis, con una tendencia estadísticamente
significativa.
El ensayo finlandés de 2026 juega en el mismo tablero. 421 niños con 400 unidades diarias y 424
con 1200, hasta los 24 meses, con el sueño descrito por los padres. La cantidad alta no se
asoció con mejor sueño a ninguna edad. La asociación que aparece es otra: los niños que
tenían al menos 75 nanomoles por litro a los 12 meses tenían menos alteraciones a los 24
meses, sobre todo desórdenes de despertar. Son asociaciones dentro de una cohorte, no el
efecto de un suplemento.
Las dos piezas juntas explican la forma del resultado agregado: la parte que depende del nivel
de partida no aparece en el promedio entre grupos, aparece dentro del ensayo como
correlación, y en uno de los dos casos con el signo cambiado.
Un ensayo donde la señal no era de la vitamina D
Merece la pena mirar un trabajo de 2024 en el que la vitamina D era una variable entre cuatro.
Doscientas doce personas con prediabetes, 24 semanas, cuatro brazos: vitamina D con calcio,
vitamina D sola, calcio solo y control. El desenlace principal era el PSQI. El análisis por
subgrupos salió favorable para el calcio en mujeres, en quienes arrancaban por debajo de 30
nanogramos por mililitro y en mujeres en la menopausia, y el artículo es explícito en que es
un análisis posterior al ensayo.
La lectura honesta es incómoda: en el ensayo con tamaño suficiente para dividir por subgrupo,
la señal aparece en el brazo que no era vitamina D.
Qué no muestran estos datos
Conviene decirlo en lista, porque es la parte que las notas de prensa nunca llevan.
No muestran que la vitamina D cambie el sueño registrado con un polisomnógrafo. En todo el
conjunto no hay un ensayo aleatorizado con sueño medido en laboratorio. No muestran un efecto
sobre la duración del sueño, ni sobre la latencia, ni sobre la fragmentación: el desenlace cuyo
efecto “no está demostrado” es precisamente el que la frase popular da por concedido.
No muestran que el beneficio dependa de estar en déficit: los ensayos que estratifican por
nivel de partida no encuentran diferencias consistentes entre niveles. Y no muestran nada en
personas con niveles normales, porque ese grupo casi no está representado en los ensayos que
dan nombre a la cifra.
Cómo leer un ensayo de vitamina D y sueño
Tres preguntas, y las tres se contestan mirando el método, no el resumen. ¿Qué se midió? Si la
respuesta es un cuestionario, sabes que estás leyendo una percepción, y las percepciones
responden al contexto, a las expectativas y al hecho de que la persona sabe que está tomando
algo. ¿El placebo era equivalente? La mayoría de los resúmenes no lo dice; cuando lo dice, suele
ser un placebo de apariencia.
Y la más informativa, la menos preguntada: ¿cuál era el nivel de partida? Un ensayo pensado
para corregir un déficit claro y un ensayo que compara 400 con 1200 unidades responden a
preguntas distintas. Lo que ninguno de ellos responde es si el sueño de un adulto con un nivel
normal se mueve al subir o al bajar ese número.
Ese es el hueco honesto. La vitamina D tiene una historia larga y bien documentada en la salud
ósea. La del sueño se ha repetido en voz alta mucho antes de tener la medida que la sostenga.